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#Tormenta

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CCarlita_transLv1· hace 60 dRelatos

El portero de la calle Helguera (trans)

En el 88 vivía en Nazca y Tres Arroyos. Cursaba el segundo año de Bachiller en el Instituto Santa Rita, que estaba a diez cuadras. Siempre iba por la calle Argerich derecho hasta Camarones, pero ese día, no sé porqué, decidí ir por Helguera. A las pocas cuadras se larga un chaparrón de esos que parece venirse el cielo abajo, por lo que busqué rápido refugio en la entrada de un edificio, esperando que pase lo peor. -Linda tormenta que se largó- escucho que me dice alguien a mis espaldas. Me doy la vuelta y lo veo, parado en la puerta, con una escoba en la mano. El portero. Creí que me iba a decir que me fuera, que no tenía nada que hacer ahí, pero antes de hacer siquiera el ademán de retirarme, me detiene. -Pará, que no te estoy echando- me dice. Se acerca, me mira de una forma que en ese momento, pendejo todavía, no supe evaluar bien, pero que hoy, con toda el agua que ha corrido bajo el puente, no dudaría en considerar lasciva. -Parece que esto va para rato...- repone con un suspiro de resignación. Amaga entrar al edificio, pero antes de hacerlo, se voltea y me dice: -No querés pasar, adentro vas a estar más cómodo, además está haciendo frío- Estábamos en invierno, y la verdad es que ya había empezado a castañetear los dientes. -Bueno, gracias- le digo, entrando al edificio con él, y aunque mi tono haya parecido casual e inocente, les aseguro que no fue así del todo. Desde hacía rato que había empezado a sentirme atraído por las personas de mi mismo sexo. Al principio fue algo confuso, aunque la certeza llegó cuándo, por casualidad, encontré una revista porno debajo de la cama de mis padres. Era la primera vez que veía una, pero en vez de sentir atracción por los cuerpos femeninos, las tetas, los culos, las conchas, lo que se llevaba toda mi atención eran las pijas. Unas pijas hermosas, soberbias, imponentes.  Obviamente con el tiempo comprendería que no todo era como lo retratado en aquella revista, pero aún así, el gusto adquirido aquella tarde ya no lo perdería jamás. Quería estar con un hombre, esa era la verdad. Cuándo me hacía la paja siempre fantaseaba con algún vecino o alguien que me haya cruzado en el camino, siempre más grande que yo, adultos, mayores, entendiendo quizás que para mí primera experiencia necesitaba a alguien que me guiara, que me enseñase el camino de entrada a ese mundo que ya había elegido. Y quiso el destino, el azar, que un buen día de junio, al tomar un camino distinto para ir al Colegio, me encontrase con aquel portero, que luego sabría que se llamaba Oscar, que tenía 42 años y estaba casado. No era un hombre atractivo, tenía unos kilos de más y yable había empezado a ralear el pelo, pero era un hombre, y eso era lo que yo buscaba, lo que necesitaba. Cruzamos el lobby, bajamos al sótano, y atravesando un pasillo, entramos al cuarto de las bombas de agua. Jamás podría olvidarme de ese recorrido, como me palpitaba el corazón en el pecho, la humedad que sentía en el calzoncillo. Estaba como en un sueño, en una de esas fantasías que elucubraba cuando me hacía la paja. El cuarto también servía de depósito, por lo que había diarios apilados, cajas de cartón desarmadas, artículos de limpieza, y a un costado, bien limpio y ordenado, un rincón que se había armado para sus descansos, con una silla y una mesa. Sobre la mesa, un termo y el mate. -Justo estaba por empezar a tomar- me dice, cebando uno e invitándome. Agarra una silla plegable, la abre y me la ofrece para sentarme. Mientras mateamos, nos presentamos, hablamos de lo que hacemos, él de su trabajo en el edificio, yo de mis estudios. Pese a una diferencia de edad de casi veinticinco años, mantenemos una charla amena, cordial, sin segundas intenciones, aunque flotaba en el ambiente esa sensación de anhelo, de querer pero no animarnos. Aquí es donde todo se mantiene en una nebulosa, como en los grandes momentos de la vida, cuando con el paso del tiempo vas idealizando ciertas situaciones. -¿Porqué no te sacás ese saco que debe estar todo mojado?- me sugiere en algún momento, entre mate y mate, refiriéndose al ambo del uniforme del colegio. Cómo los uniformes de esa época, era pantalón gris, camisa celeste y ambo azul. Y tenía razón, se me había mojado con la lluvia. Me lo saco y al no saber dónde dejarlo, él se levanta y lo extiende delante de la estufa, para que se seque, pero en vez de volver a sentarse, se coloca tras de mí y me pone las manos sobre los hombros. -Así está mejor, ¿no te parece?- me pregunta, sin hacer nada más hasta esperar mi reacción. -Sí..., mejor...- asiento tímidamente, con el nerviosismo lógico del momento. Empieza entonces a masajearme, despacio, con suavidad, deslizando sus manos incluso más allá de mis hombros. -¿Te gusta?- me pregunta en algún momento, acercando sus boca a mi oído. Asiento solo con un gesto, incapaz de pronunciar palabra alguna. Desde atrás me desabotona la camisa, sin que yo haga nada para evitarlo, y metiendo las manos adentro, me acaricia los pectorales, pellizcándome con una ternura deliciosa las tetillas. Seguro se debe de haber dado cuenta de la erección que me abultaba el pantalón, porque enseguida retira las manos y parándose delante mío, se las lleva a la bragueta. -¿Querés que la saque?- me pregunta. No lo dudo. -Sí- respondo sin ningún titubeó. Se baja el cierre, se desprende el botón, y con una mano extrae del interior del calzoncillo algo que, en ese momento, en el sótano de un edificio, me pareció lo más hermoso del mundo. No la tenía parada del todo, pero aún así me parecía enorme. Era la primera que veía, por supuesto, aparte de la mía, pero al tratarse de un hombre ya maduro, me resultaba todo más... Más largo, más gordo, más duro... Pone la silla al lado de la mía, se baja el pantalón hasta las pantorrillas y sentándose, me pregunta aquello que yo tanto estaba deseando: -¿Me la querés tocar?- -Sí, me gustaría- le dije, animándome a pronunciar algo más que una simple afirmación. -Que bueno- exclamó -Porque me muero por qué me la toques- Me agarra entonces la mano y la pone sobre su verga, haciendo que con los dedos envuelva todo su contorno. -Así...- me dice, indicándome como tengo que mover la mano, suave, acompasadamente, sintiendo como se va endureciendo y mojando. Extiende las piernas, echa la cabeza hacia atrás y me deja hacer. Le estoy haciendo la paja a un tipo, pienso, y no puedo sentirme más pleno y satisfecho, sabiendo además que lo estoy haciendo bien, no solo por sus jadeos y exclamaciones, sino también por lo dura que se le está poniendo. -Ahora escupite un poco en la mano y dame más fuerte- me instruye, ronco, jadeante. Lo hago, me escupo en la palma de la mano, se la vuelvo a agarrar, pajeándolo con más fuerza, con más entusiasmo, haciéndole chasquear la piel de la pija a puro golpe de muñeca. El tipo está como en trance, bufando de placer, hasta que parece tensársele todo el cuerpo y la leche empieza a salir a borbotones. Me aparto, me hago a un lado, pero no asqueado, sino sorprendido por la intensidad de la descarga. Yo nunca había eyaculado tanta cantidad de semen. Ni tanto ni tan espeso. -¡Que buena paja me hiciste, flaquito!- me elogia entre excitados suspiros. Yo me quedé ahí sentado, con la mano empapada de semen, la camisa desabrochada, sin saber que más hacer. Ya con más calma, agarra de debajo de la mesa un rollo de papel higiénico y me lo alcanza para que me limpie. No me lo pide, pero le limpio a él también la entrepierna. -Gracias...- me dice, mientras se levanta y se sube el pantalón. Yo hago lo mismo. -Podés venir cuando quieras, la próxima te la puedo hacer yo a vos- me sugiere, subiéndose el cierre de la bragueta. -¿Ya se la hiciste a alguien?- le pregunto, curioso, abrochándome la camisa. -No, pero tengo que devolverte el favor- se sonríe. Agarro el ambo, me lo pongo y salimos del cuarto de bombas. Afuera ya había dejado de llover y el cielo lucía azul y resplandeciente, al igual que mi ánimo. No fui al colegio, sino que volví a mi casa, flotando como en una nube, oliéndome todo el camino la mano, en la que había quedado impregnado el olor de su virilidad. Obvio que volví a lo del portero, pero eso ya se los cuento en el próximo relato.

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MMondar4kLv1· hace 79 dRelatos

Los masajes de mamá

No sabía por qué se había dejado las bragas. En realidad, ni siquiera lo pensó. Ella estaba entrando en su habitación para darle las buenas noches. No fue inusual. Llevaba puesto su camisón. Ella misma estaba lista para irse a la cama. No fue nada inusual. Ella fue a su habitación solo para darle las buenas noches, nada más. No lo había visto mucho en varias semanas desde que se fue a la universidad. Ella lo había echado de menos. Estaba muy feliz de tenerlo en casa para las vacaciones. Llamó antes de entrar. Era una simple cortesía, establecida desde hace mucho tiempo como la norma para ellos. Si su puerta estaba abierta o cerrada, eso era lo que haría. Ella llamaría. Él le daba la misma cortesía cada vez que iba a su habitación. Ella se sentó a un lado de su cama y lo miró con amor. Estaba acostado de espaldas, leyendo. Cuando ella entró, él cerró su libro y la miró, notando lo hermosa que se veía en su camisón de seda. Su forma curvilínea no se oscureció del todo. Jugaba con gracia justo detrás de la tela ligera, atrayendo su atención, despertando su interés. No llevaba camisa, notó, pero las sábanas eran suficientes, cubriéndolo de cintura para abajo. Observó, con un interés cuidadosamente moderado, que se había convertido en un hombre joven y elegante, muy en forma, muy guapo. "Estoy tan contenta de que estés en casa", le dijo en voz baja, extendiendo la mano para acariciar su mejilla. "Yo también", le aseguró, con una leve sonrisa en su hermoso rostro. Él miró su rostro, sus labios carnosos, esa hermosa sonrisa suya, las pequeñas arrugas de sus ojos brillantes y amorosos. ¿Tenía algo en mente ?, se preguntó. Ella le devolvió la mirada. Era tan guapo, su hermoso niñito, ahora un hombre joven. De edad. Ahora, ¿por qué pensaba en eso ?, se preguntó, mientras se hundía en la cama, reclinándose a su lado, despeinando su cabello con la mano derecha, estudiando su rostro. Muy guapo. Sus párpados estaban pesados ​​por su satisfacción. Los cerró, a punto de dormirse. Quería estar con él, quedarse y saborear su presencia. Lo había extrañado terriblemente. Sintió que podía quedarse allí acostada con él toda la noche. Había sido el hombre de la casa durante años. Ella no tenía otro. Ella lo apreciaba. Su mano izquierda le acarició el brazo, perezosamente acariciándolo desde la muñeca hasta el hombro y la espalda y otra vez, con las yemas de los dedos rozando su caja torácica desnuda. Olía un poco a almizcle, varonil. Ella suspiró, luego le besó la mejilla suavemente, acomodó su rostro en su almohada, su aliento en su oído. Dejó el libro a un lado y se quedó perfectamente quieto, sintiendo su pecho presionando ligeramente contra su hombro, moviendo su ingle. Pensó cuidadosamente en lo que debería hacer ahora. "¿Mamá?" "¿Mmm?" respiró suavemente. "¿Recuerdas los masajes faciales?" El pensamiento la devolvió a la vigilia total. "Sí, cariño, lo recuerdo", dijo, incorporándose sobre su codo, lista, como siempre. "Creo que la universidad me ha estado poniendo un poco tenso", sugirió, deteniéndose en eso, esperando, preguntándose. "¿Quieres un masaje?" preguntó, sonriendo felizmente. "Sería bueno." "No lo hemos hecho desde que eras pequeño". "Sí, supongo ... no lo sé." Sin embargo, él lo sabía. Se detuvo con la pubertad, con los cambios que estaba experimentando, su creciente ansiedad por las mujeres. Y luego su padre se fue, y ella se distanció por un tiempo, y no hubo más masajes. Fueron olvidados, hasta ahora. Ahora, eso es lo que él quería, y por eso preguntó. Ella se sentó y se inclinó sobre él, sus pechos cayeron, casi alcanzando su pecho desnudo. Ella presionó sus pulgares en su frente y luego los atravesó en direcciones opuestas a lo largo de la línea del cuero cabelludo, terminando con un pequeño remolino alrededor de cada sien. Sin embargo, fue incómodo desde esta posición. Para masajear una cara, se necesita el ángulo correcto. Ella consideró sus opciones. Podía hacer que se acurrucara un poco dejándola sentarse en el lugar de su almohada, con la cabeza descansando en su regazo como solía hacer cuando él era pequeño. Pero ella razonó que no necesitaba molestarlo, posiblemente aumentando su tensión. En cambio, con cuidado pasó su pierna izquierda por encima de él, luego se sentó, sentándose a horcajadas sobre sus muslos. Él vislumbró su pubis mientras hacía el tránsito y notó que no usaba bragas. Su tensión aumentó. Su hombría respondió con entusiasmo. Una vez en la posición correcta, volvió a colocar sus pulgares contra el centro de su frente, en la línea del cuero cabelludo, y comenzó de nuevo. Lentamente arrastró sus pulgares por su frente hasta sus sienes, rodeando cada uno con firmeza, luego de regreso a su frente, solo un poco más debajo del cuero cabelludo, e hizo el tránsito una y otra vez, lenta, muy deliberadamente, abriéndose camino hacia la suya. mejillas, luego su mandíbula. El se quedó quieto, sin hacer ruido. ¿La tensión? Bueno, eso era otro asunto. Era joven, apenas dieciocho años. Estaba preocupado por todo lo sexual. El simple hecho de que una mujer atractiva, sin bragas en su negligé, montada a horcajadas sobre la parte inferior de su cuerpo, tuviera un efecto predecible. No le preocupaba su edad ni el hecho de que fuera su madre. De hecho, sintió que casi la tenía donde la quería y sus esperanzas aumentaban rápidamente. Luchó por ser paciente, pero sabía que tenía que tomar la iniciativa en este pequeño y atrevido baile. Sutilmente, bajó las mantas desde su cintura. Ella estaba tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta. Pero el tiempo pasaba y rápidamente se acercaba una crisis. Ella estaba masajeando su barbilla ahora, casi terminada. Si quería salirse con la suya, se estaba quedando sin tiempo. Necesitaba actuar, pero sabía que tenía que ir despacio, no alarmarla, atraerla, llevarla a un punto en el que no pudiera volver atrás. Con mucha suavidad, colocó sus manos en sus caderas. Ella sintió su toque. No le sorprendió del todo, la emoción que le produjo y los efectos que sintió en su cuerpo. Sus pezones se hincharon. Su estómago revoloteó. Su vagina se humedeció. Ella eligió no insistir en esas respuestas físicas a su toque. Ella disfrutaba de este pequeño juego que él parecía estar jugando con ella, las pequeñas indulgencias, la emoción de tentar al destino. Había pasado mucho tiempo desde que su marido se había ido. Un tiempo largo y solitario. Tragó saliva y redujo la velocidad del masaje, manteniendo a raya el tiempo que pasaba lo mejor que pudo, manteniendo el momento, el momento encantador e íntimo que se desarrollaba lentamente para ellos. Ahora puso un poco de presión en su trasero, empujándola ligeramente hacia adelante. Ella permitió solo un pequeño ajuste de su posición, dando paso a sus impulsos, casi imperceptiblemente, pero definitivamente cediendo ante él, al menos un poco. Pero ella no se rindió por completo. Todavía no. Tampoco trató de forzar el tema. Mantuvo sus impulsos sutiles, lo suficiente para avanzar, pero no lo suficiente para hacer sonar las alarmas. Terminó el masaje y se detuvo, pensando en los sentimientos amorosos que tenía hacia él y en cómo el momento íntimo pronto podría pasar. Entonces, ella le preguntó, apenas audible, casi susurrando: "¿Eso fue suficiente? ¿Quieres que lo vuelva a hacer?" "Sí", respiró. Ella volvió a poner los pulgares en su frente y comenzó de nuevo, el ajuste provocó que su trasero subiera un poco más por sus piernas. Empujó un poco más las mantas mientras ella se movía. La punta de su pene erecto acaba de salir de debajo de la sábana superior. Si mirara hacia abajo, lo vería, pero no lo hizo. Ella estaba mirando su rostro, el hermoso, joven y amado rostro que estaba masajeando. Algo en su expresión lo animó a seguir adelante un poco más. Comenzó a acariciarle el culo muy levemente. Ella apenas pareció darse cuenta, suspirando solo un poco ante su suave y amoroso toque. Se sintió aún más animado por el sonido, por leve que fuera, pero se contuvo, dejando que ella le masajeara, esperando pacientemente y luego apretando un poco más. Otro pequeño suspiro. "Creo que te estás portando mal", observó casualmente, su voz sonaba ronca. Eso lo animó aún más. Estaba casi listo para hacer su movimiento. Ella estaba a la mitad de su rostro de nuevo, pero siendo muy deliberada, tomándose su tiempo. Su tensión no se redujo en lo más mínimo, pero jugaron su juego. Ella le pasó los pulgares por el labio superior y subió por sus mejillas, luego dio ese pequeño remolino alrededor de sus sienes, la mejor parte siempre; y mientras ella se arremolinaba, él tiró de su trasero, con firmeza pero con suavidad, y de nuevo ella avanzó un poco. Ella dio otro pequeño suspiro, como si aceptara algo, resignándose. Su respiración se volvió audible para él. Se animó de nuevo y le soltó el trasero para poder empujar las mantas más hacia abajo y exponerse más completamente. Ella sintió sus movimientos y se incorporó un poco, dejando que sucediera, pero, de lo contrario, optó por ignorar las libertades que se estaba tomando. No era nada, se dijo a sí misma, evitando la responsabilidad. Trató de calmar su respiración. El masaje llegaría pronto a su inevitable final. Algunas cosas son simplemente inevitables, pensó para sí misma. No puedes controlarlo todo. Ella permaneció tímida sobre su intención exacta. Volvió a empujar las mantas. Ella lo sintió y supo exactamente lo que estaba pasando, y se levantó un poco de nuevo, permitiendo que se desarrollara lo inevitable, como si ella no tuviera intenciones propias, como si no pudiera evitar que él se exponga a sí mismo, a cualquier cosa que se le ocurra. Terminó el masaje y, sin una palabra, sin un pensamiento claro, desató el lazo en la parte superior de su camisón, dejando al descubierto la plenitud de su escote. Luego movió sus manos a sus hombros, apretando, sintiendo su poder. Ella se inclinó hacia delante para besarle la frente, y su escote se abrió por completo, exponiendo sus pechos desnudos a su vista. Ella lo besó suavemente en la frente, luego en su nariz, sus labios cerca de los de él. Ella consideró agacharse más abajo, presionar sus labios juntos, pero lo pensó demasiado, no del todo bien en este momento. Ella se levantó para mirar de nuevo su rostro, ahora sonrojado, con tintes rojos en sus mejillas. Sus pechos se balancearon ante sus ojos ansiosos. Eran pesados ​​y llenos y colgaban allí, atormentándolo. Se lamió los labios y se quedó boquiabierto, y ella le permitió hacerlo durante uno o dos minutos. Luego, bajó la cabeza y finalmente miró su desnudez, palpitando debajo de ella, observando que su propia desnudez humeante estaba a sólo unos centímetros de la de él. Inclinó la cabeza hacia atrás y arqueó un poco la espalda, empujando las caderas hacia adelante. Ahora podía ver que ella estaba abierta a él, aunque sintió que aún debía ir despacio, no apresurarse, dejarla sucumbir a lo inevitable a su paso. Volvió a poner las manos en su trasero, esta vez debajo de su camisón, sintiendo su piel desnuda. Nunca antes había tocado su trasero desnudo. Ella jadeó en voz alta, pero no dijo nada. Escuchó su respiración, aún más audible, más rápida, excitada. "Te amo, mamá", susurró con voz ronca. Cerró los ojos, saboreó el momento, la cercanía, el amor. "Yo también te amo, bebé", le susurró ella. Ella estaba tan rígida como su virilidad, su espalda todavía arqueada, su cabeza hacia atrás, sus ojos cerrados, sus pensamientos confusos. Sus intenciones aún eludían sus pensamientos conscientes. Pero su cuerpo le imponía exigencias que no podía rechazar. Él apretó firmemente su trasero desnudo y de nuevo ella jadeó. Tiró de nuevo y su trasero húmedo entró en contacto con su escroto. Podía sentir sus testículos llenos descansando sobre sus muslos, y sintió que quería frotarse contra ellos, pero se contuvo, aún sin reconocer completamente sus intenciones, la inevitabilidad de lo que harían. Sin embargo, el conocía claramente sus propias

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AAnahistoriasLv1· hace 85 dRelatos

Cumpliendo sus deseos sexuales fantacia muy hot

No me podia imaginar en brazos de otro hombre , por mas que daba vueltas ala idea , no lo asimilaba…pero debo admitir que esta idea me exitaba demasiado, era tanta la insistencia de mi marido pero a la vez me parecía algo loco que el quisiera verme en la cama garcgando con otro, pero siempre que cogíamos hablaba de eso y traía películas donde una mujer era cojida por varios hombres y era tanto el placer que me jeneraba que empece a imaginar lo interesante que seria vivir una experiencia similar. Al final acepte probar y me dio la opción de elegir quien seria el afortunado, opte por un compañero de la facultad quien siempre era muy agradable con migo y ademas era casado, yo no quería complicarme la vida con un soltero, ya que seria simplemente una experiencia nueva sin ataduras ni compromisos, solo sexo por diversión. Fue hermoso estar en los brazos de otro hombre en una cama, delante de mi marido, un pene diferente en sabor, textura, tamaño, rendimiento, no digo que fue mejor o peor, solo diferente y ahí estaba el morbo de lo que estaba haciendo. Me gusto tanto que lo repetimos cuantas veces pudimos ya que el era casado no habia ningun problema…. y luego empece a probar a otros…hasta que un día se dio la oportunidad de estar con tres al mismo tiempo, un amigo de mi marido había organizado el encuentro, me cogieron de todas las formas posibles, me hicieron doble penetración y hasta tuve dos penes en mi vagina, no se cuantos orgasmos tuve ni cuantas veces acabaron los tres dentro de mi… Hubo de todo…caricias, baile, bebidas hasta que terminaron despojandome de mi ropa y pase por cada uno de ellos…estaba tan exitada que lo unico que me importaba era satisfacerme a mi misma, me hicieron sentir una autentica puta. Poco a poco me volvi una adicta al sexo…esperba todos los fines de semana, para salir a algun bar, luciendo mi silueta, con ropa provocativa, depilaba mi zona vaginal, mis piernas para estar suave y sedosa…al principio mi marido era mi acompañante…pero despues por cuestiones de trabajo, me dejaba sola, y era cuando daba rienda sulta a mis instintos…simplemente me dejaba llevar por esa pasion y por ese fuego…con uno o con otro, pero siempre terminaba con alguien en la cama…apagando mi fuego, ese fuego que habia despertado en mi, el, mi propio marido, y cuando llegaba de sus viajes, me sumergia en sus caricias…contandole mis experiencias y de lo mucho que habian hecho gozar todos esos hombres…atormentandolo con mis caricias, exitandolo y enloqueciendolo con mis palabras, torturandolo con mi cuerpo, un cuerpo que ya no era exclusivo de el, un cuerpo al que ahora pertenecia a varios…porque el asi lo habia deseado…fundiendonos en uno solo sellando nuestro sexo con nuestro propio jugo y apaciguando ese fuego que llevavamos por dentro…y sobre todo cumpliendo su DESEO…! Espero que les aya gustado mis queridos lectores Les mando un beso a cada uno 😘😘😘 bye

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DdulcesplaceresLv1· hace 100 dRelatos

Perdido por ti

Primero, todas las entregas de los mejores post Como siempre, podes escribirnos a dulces.placeres@live.com, te leemos PERDIDO POR TI Siempre preferí engañarme a ver la realidad, ella era para jugar en las grandes ligas, jamás estaría a su altura, y sabía que hiciera lo que hiciera jamás sería suficiente. Yo era un joven de futuro brillante, estaba haciendo mucho dinero invirtiendo en las bolsas de comercio, había estudiado para ello, era lo que me gustaba, y los billetes habían llegado a mi demasiado pronto, de esa forma en que te marean y no puedes mantener los pies sobre la tierra, una situación difícil de manejar. Me había comprado un dos puertas importado y un departamento enorme en la mejor zona de la ciudad. Tenía chicas a elección, esas chicas que se enamoran de tu bolsillo, y no me importaba que así fuera, yo también solo buscaba momento de placer. Tuve la idea de modernizar a mi gusto ese departamento, tenía muchas ideas locas y jóvenes y así contacté a Marianela Ballesteros, una joven arquitecta para que se encargara del tema. No la conocía, no sabía quién era, si era buena en lo suyo, nada, tampoco me importaba, solo vi su foto entre tantas, me había parecido tan bonita como intrigante y asumí que entre negocios y negocios terminaríamos en la cama. Pero Marianela sería diferente, a la primera insinuación de mi parte, me miró fijamente a treves de los vidrios de sus anteojos y me paso un freno con sabor a hielo, me dijo que ella era profesional y que nuestra relación sería meramente profesional y que, si esperaba otra cosa, pues podría buscar otra persona. En esos días, yo no estaba a costumbrado al rechazo de una mujer, y Marianela se transformaría en mi obsesión, dejé que ella tomara la iniciativa y fuera por delante de mí, hacía caso a todo, solo ponía el dinero y en tres meses tendría un departamento nuevo, solo que no estaría realizado a mi medida, sino a la suya. Nuestra relación se terminaba, en el roce de esos días nos habíamos conocido bastante, ella sabía de mi dinero, de mis inversiones bursátiles, me notó un tipo inteligente, yo también vi en ella una mujer atrapante, inquietante, demasiado madura para su corta edad, independiente, y secreta, sobre todo secreta, porque ella tenía un lado oscuro del cual jamás hablaba La invité a cenar, y luego la invité a mi departamento, terminamos en mi cama, y descubrió los secretes que el dinero no podía comprar, el tamaño risueño de mi pene y el problemita de la eyaculación precoz. Poco después, en la penumbra del cuarto ella se vestía para volver a su casa, le pedí que se quedara a dormir, pero ella me dijo que seguramente en otra oportunidad, tendría un día complicado por delante y debía descansar un poco. En su cara se dibujaba la insatisfacción y me sentí un fracaso de hombre. La dejé partir y supe que era el final de una situación que nunca había comenzado. Pero no era una persona acostumbrada al fracaso, debí entender que las piezas no cuajaban en el rompecabezas que se me presentaba, pero días después dejé mensajes en su celular, del que no tendría respuesta, y luego otro, y otro más, y no dejaría de hacerlo hasta que escuchara de sus labios que no tendría una oportunidad a su lado. Gané por cansancio, le arranqué a desgano una segunda cita para hacer las peores de las jugadas, intentar comprar su corazón con mi bolsillo, me abrí con ella como con nadie y la perra mordió el anzuelo. Salimos una vez, y otra, y otra más, en la balanza le pesaban más mis billetes que mi pobre performance sexual, y preferí engañarme, mentirme, decir que todo estaba bien, fui feliz presentándola en mi familia, a mis amigos, empezar un noviazgo de enamorados, tristemente condenado al fracaso. Un par de veces intentó terminar la farsa, pero en cada vez yo corría como u niño a su lado, mi alma estaba abierta, y ella tomaba lo mejor de mí. Le propuse casamiento, si, de blanco, un gran vestido, una mejor fiesta, ella me rechazó, y volví a hacerlo poco después, y como con los mensajes de celular, no aceptaría un no dé respuesta, tontamente pensaba que haciéndola mía ante un altar, alejaría de mi cabeza todos los fantasmas de otros amores, porque mis celos me dejaban adivinar que ella tenía amores paralelos, mejores, perfectos, quienes si la hacían feliz Era hasta insano, había tenido en mi cama cuanta mujer había deseado tener, pero me fui a enamorar como un tonto de aquella que jamás me entregaría su corazón Y ya en esa misma noche de bodas las cosas arrancarían fatales para mí, yo tenía muchos amigos varones invitados, ella también... Y a pesar de todo lo íntimo que suponía ser la ceremonia, en plena fiesta, ella estaba demasiado pendiente de su celular, escribiendo mensajes, y ni siquiera en ese momento, logré que fuera solo mía. Y olí el engaño en esos minutos en los que estábamos separados, desentendidos, saludando familiares y amigos, y cuando la veía a la distancia con su impecable vestido de blanco, desentendida de mis ojos observadores, ella estaba demasiado íntima con alguno de sus amigos, risas, gestos, toques casuales, solo lo dejé pasar, una vez mas Los días de convivencia bajo el mismo techo sol empeorarían las cosas, realmente Marianela se aburría conmigo, por mi pequeño pene, por mi precocidad, y me desgarraba el corazón cuando la cogía y ella solo estaba en otro sitio, fumando, con la mirada de lado, inexpresiva, o mirando cualquier cosa en su celular, fría como el hielo y la incompatibilidad de la cama, como una mancha perversa invadió todo nuestro hogar, nuestros días, nuestra convivencia. Ella dio un paso adelante, una noche me lo presentaría en la cama, había pasado por un sex shop y había comprado un arnés con una verga de juguete bastante generosa, mucho más grande larga y gruesa que la mía, y ante mi reproche al sentir herida mi masculinidad, muy suelta de cuerpo me respondió que necesitaba sentirse mujer y que estaba harta de sesiones con psicólogos y profesionales para trabajar sobre 'mis problemas' Empezamos a hacerlo de esa manera, a su manera, la cogía rápido, me acababa, luego me ponía el arnés y era su momento de placer, entonces si, gritaba, disfrutaba, como una yegua, incontenible y parecía disfrutar con esos raros orgasmos, con esa forma de hacerme sentir menos hombre y solo me quebraba, una vez, cada vez. Al conciliar el sueño me sentía mortal, generalmente le daba la espalda para que no percibiera mis sentimientos, y muchas veces solo dejaba caer las lágrimas mientras ella dormía plácidamente. Una noche como tantas, yo le deba la espalda en la cama, como de costumbre, ella se apegó a mi, pero noté en esa proximidad que esta vez tenía calzado el arnés con la pija de juguete, el que había comprado en el sex shop, y empezó a jugar sobre mis nalgas, le pregunté que hacía, y me dijo que me callara, bajó mi slip y empezó a pasarlo entre mis nalgas, sentí mi corazón latir con fuerza, y como ella se pegó más y más a mi cuerpo empujándome poco a poco al borde mismo de la cama, sintiendo sus jadeos en mis oídos, y como en una forma grosera trataba de meterlo por mi culo, ayudándose con sus dedos lubricados por algún gel de ocasión Volví a preguntarle que estaba haciendo, que ya no era gracioso, me tenía contra las cuerdas, pero volvió a ignorarme, sonriendo con cierto sarcasmo dio un fuerte empellón haciendo que me doliera, pero no se detendría, y poco a poco me sentiría violado por mi propia mujer Era demasiado grueso, y me lo incrustó hasta el fondo después de algunos rodeos y empezó a ocupar el sitio que naturalmente era mío, mientras a mi me tocó disfrutar como mujer Marianela se vio muy caliente con su nuevo rol, tomando la iniciativa, dándome órdenes, nalgadas, incluso masturbándose mientras me lo hacía por detrás, haciéndome gemir aunque no quisiera hacerlo Con el correr del tiempo las cosas se hicieron más y más oscuras, como en una tarde de tormenta el sol de nuestra relación se fue ocultando. Ella me estaba destruyendo, no solo en la cama, sino en la vida, perturbado por mi presente vivía desenfocado y mis inversiones bursátiles eran más fracasos que éxitos, ella en cambio se había más y más conocida, tenía mucho trabajo y era muy requerida. Tuve la tonta idea de regalarle algo femenino e íntimo, un conjunto de medias de red, ligas, tanga, sostén, ya saben, algo sexi para cambiar la rutina Pero Marianela me pidió que fuera yo quien lo usara y en esa noche me haría su mujer, vestido con una puta, me rompió el culo otra vez, muy perra, me puso frente a un espejo, en cuatro, y mientras me lo hacía me metía sus dedos en la boca y me tiraba los labios hacia su lado, como si fuera un caballo con riendas, y me dolía por delante, o me día por detrás. Era su tonto fetiche, ya ni siquiera la cogía, siempre era ella sobre mi, había perdido el control, el rumbo, ella siempre tenía reuniones después de hora, se la pasaba pegada a su celular, chateando, manejaba el dinero, era una extraña. Me moría en mis celos, empecé a tirar de cualquier punta para descubrir algo, enfermizo, revisé su celular en sus descuidos y encontraría demasiadas cosas complicadas, mensajes, fotos, sus perfiles, sus redes, dejaban ver una exquisita mujer, provocativa, sin compromisos, revisaba su agenda y una y otra vez hacía lo propio con su ropa interior sucia, buscando restos de hombres, fantasmas. Nuestras discusiones siempre terminaban en un callejón sin salida, porque era notorio que si yo no la cogía como se debía, alguien mas lo estaría haciendo Y como una gran bola de nieve todos nuestros problemas de pareja se hicieron enormes, porque yo me desvivía por ella, me arrastraba a sus pies, pero para ella solo era un payaso, una marioneta y jamás me había permitido asimilar que todos sus rechazos eran maneras directas e indirectas de que no estuviera a su lado. Y por qué lo hacía? por qué permitía que hiciera lo que hacía? solo porque era un tonto enamorado... Se acercaba el fin de un nuevo año, y con ello, todas esas despedidas típicas, de amigos, de trabajo, de un lado, de otro, esas interminables reuniones que hacer un diciembre demasiado complicado para el estómago y esos molestos kilos de más que se terminan acomodando en la cintura. Marianela me dijo que tendría una cena de arquitectos, colegas, noche de fiesta, le dije que estaba bien, que me parecía bien, nos merecíamos una salida en pareja, su circulo de trabajo junto a su esposo, me dijo con cara seria que en principio yo no estaba invitado, no era para parejas, que no sea desubicado Sería una de las pocas veces en mi vida que me pondría de punta con ella, tal vez muy dolido en mis sentimientos, discutimos, levanté la voz y le dije que iríamos los dos o directamente que se olvidara de esa salida. Marianela me dijo que estaba bien, si pensaba hacer el ridículo, por ella estaba bien, solo que me atuviera a las consecuencias. Esa noche no sería una noche más, ella se había puesto un vestido nuevo que se había comprado para la ocasión, era color arena son sectores al azar en dorados brillantes, asimétrico de hombros, pegado al cuerpo, lo justo como para disimular imperfecciones y verse sexi, demasiado para mi gusto, resaltando sus bellos muslos desnudos y marcando sus pechos de una forma exquisita, se había maquillado, se había recogido sus cabellos, y se había montado sobre unos zapatos de tacos altos que la ponían a mi altura. Su rostro irradiaba brillo, un brillo particular, y después de ultimar detalles partimos a esa famosa reunión de colegas Ciertamente no la pasaría bien en ese lugar, primero por sentirme un tonto obsesivo, un celoso compulsivo, un estúpido, por ser el único esposo que acompañaba a su pareja, sin dudas no era un lugar para mí y no entendía nada de lo que hablaban y nadie entendía que hacía ahí, en una reunión de arquitectos que se suponía era individual. Y segundo, también me molestaba lo llamativa que estaba Marianela, porque había colegas del mismo sexo, pero nadie como ella, no era un tema de belleza, sino de atracciones, miradas, g

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