#Escolar
Fotos, gifs y packs de Escolar subidos por la comunidad.
Borracha en mi habitación
Valeria… Cada vez que la recuerdo se me endurece la verga… Los pondré un poco en contexto. Cuando conocí a Valeria, íbamos en segundo grado de secundaria, y desde esa vez que entré, el primer día de clases en ese ciclo escolar, mis ojos se fijaron totalmente sobre ella. Desde ese momento siempre me gustó, aparte de que se me hacía guapa, tenía, para su temprana edad, un trasero bien hecho, nalgas de buen tamaño y en proporción a su cuerpo. Cabe destacar que Valeria tiene una gemela, Valentina. Sin embargo, no sé por qué, pero por alguna razón siempre me gustó más Valeria, tal vez fue por ser a la primera que vi. En secundaria nunca pasó nada entre ella y yo. Terminamos la secundaria y entramos a la preparatoria. En la misma escuela que íbamos había varios grados académicos, desde guardería hasta la preparatoria, así es que, para la preparatoria estuvimos juntos nuevamente en el mismo salón. Valeria, en esa época, ya tenía mejor cuerpo, le habían crecido las tetas y el culo aún más. Ella usaba calzones que se le marcaban en el pantalón que siempre llevaba, haciendo antojar tremendo culo a todos los hombres que la veíamos. A veces, se le marcaban los pezones estando en el salón de clases, tal vez porque su sostén era demasiado delgado o tal vez solo tenía los pezones muy duros. Yo siempre trataba de tomarle fotos sin que nadie me viera. Cubría mi teléfono con alguna chamarra o sudadera y trataba de sentarme atrás de ella para fotografiar ese tremendo culo. En varias ocasiones ella sentada enfrente de mí, se levantaba y se inclinaba hacia enfrente, con su amiga. Era como si el universo me hubiese volteado a ver y me dijera: “Es toda tuya”. Posaba sus ricas nalgas frente a mí. En la misma preparatoria teníamos una clase de natación a la semana, y solo esperaba con ansia ese día porque ella usaba un bikini, el cual dejaba ver con más detalle su cuerpo bien esculpido. La tanga se le metía entre las nalgas, y yo solo nadaba junto a ella y trataba de rosar su culo con mi mano bajo el agua. Me excitaba tanto. En esa misma época, intenté andar con ella, le hice saber que me gustaba, pero ella me rechazó. Según ella me veía como un amigo. Y en el momento tenía lógica, ya que desde que la conocí siempre le hablé, pero nunca intenté nada hasta después de 4 años de conocerla. Pero en los próximos años esto sería diferente… Pasaron varios años. Ya íbamos en la universidad. En aquella ocasión sí tuvimos que separarnos puesto que ella estudiaría algo diferente a lo que yo quería. La verdad perdimos la comunicación con la que frecuentábamos, y a veces solo nos escribíamos para preguntarnos cómo nos iba y cosas por el estilo. Pero eran de las típicas conversaciones que contestas en 2 horas, aun viendo que te acaba de llegar el mensaje de la otra persona. Así es como Valeria terminó siendo mi crush de todos los años que estudiamos juntos. Pero a continuación les platicaré lo que sucedió una vez estando borrachos… Como mencioné, ya había pasado tiempo desde que habíamos hablado por última vez, así es que, una noche mientras estaba acostado en mi cama, se me ocurrió iniciar la conversación en ella desde Instagram. Inmediatamente me contestó. Empezamos a platicar acerca de las pedas que hicimos en varias casas de nuestros amigos y lo bien que la pasábamos. Inmediatamente me vino a la mente: “¿Y si la invito a beber a mi casa?” Con ansiedad, excitación y miedo, le hice la pregunta. -Hay que beber este viernes. Le dije. -Va, que se arme. Me contestó. -Yo pongo la casa, a parte ese día mis papás y mi hermano no estarán ahí. Le afirmé. -Perfecto, ¿quieres que lleve algo? Me preguntaba. Y yo con ganas de decirle que solo se preocupara por traer su culo con esas nalgas tan ricas y su vagina bien depilada. Pero solo lo pensé. -Solo trae la botana y yo pongo las botellas. Le contesté. -Ok, pero también va a ir mi gemela, Valentina. Me dijo. Yo solo quería que Valeria viniera sola a mi casa, pero no, tenía que invitar a su hermana. Tal vez muchos piensen que es lo mejor que me pudo haber pasado en la vida, que dos gemelas fueran a mi casa con alcohol, pero no es así, ya que Valentina era, en ese entonces, la novia de mi mejor amigo. Entonces no me podía coger a las dos. El viernes ya estaba listo todo, ya tenía todo preparado y acomodado en la sala de mi casa. Solo esperaba a que tocaran el timbre. Cuando de repente sonó. Eran ellas. Valeria venía con un pantalón de mezclilla muy apretado, se le marcaban bien rico sus nalgotas, bien levantadas. Nos sentamos en la sala y empezamos a beber. Valeria también traía puesta una blusa que al agacharse se le veía gran parte de sus tetas, y como siempre, se le marcaban los pezones. Yo ya tenía bien dura la verga, pero su hermana ahí estaba a lado nuestro. Pasó el tiempo y ya estábamos algo mareados Valeria y yo. Valentina no tanto, de hecho, ella nunca tomaba mucho porque siempre era la que cuidaba a su hermana y a parte ya había quedado de verse con su novio en el gym más tarde. -Y si vamos a mi recámara? Les pregunté. -¿Para qué o por qué? Me preguntaron. -Porque en mi recámara tengo una terraza y ahí pueden fumar. Les contesté. -Va, vamos. Yo iba logrando paso a paso lo que tenía planeado, e iba resultando. Mientras íbamos subiendo las escaleras yo iba detrás de Valeria, fijando mi mirada en su culo, solo veía cómo subía una nalga al dar un paso y luego la otra. Me daban ganas de soltarle una nalgada tan fuerte que vibraran sus nalgas. Ya estando en mi recámara, Valeria se sentó en mi cama, y yo junto a ella. Su gemela se acomodó en la silla de mi escritorio que estaba ahí mismo. De un momento a otro se nos terminaron las bebidas que habíamos subido a la recámara, entonces bajé por más. Me di prisa para que no se le pasara lo ebria a Valeria. Cuando ya venía de regreso Valeria ya se había colocado boca abajo en mi cama. Se veía tan rica, prácticamente lo primero que vi al entrar a mi habitación fueron sus tremendas nalgas que me recibían muy excitantes. Me daban ganas de montarme sobre ella y darle unas embestidas. Pero su hermana seguía ahí. Dejé las bebidas en el escritorio y me senté nuevamente junto a Valeria. Hasta que, sin pensarlo, y valiéndome que su hermana estuviera ahí, le solté una fuerte nalgada en su nalga derecha, haciéndola rebotar. -Eeey. Me dijo Valeria asombrada. -Lo siento. Le respondí. Su hermana Valentina solo se me quedó viendo con unos ojos que parecían desconcertados, y a la vez dudando de si me había atrevido a hacer eso. Ya eran como las 6 de la tarde, Valentina ya se tenía que ir al gym, y Valeria recordó que tenía una clase en su universidad a las 7. Entonces empezaron a recoger sus cosas para irse. -Yo las llevo. Les dije. -No cómo crees. Me respondió Valeria. -No es problema, a parte ya se les hace tarde y van un poco mareadas. Respondí firmemente. Así es que las llevé en mi auto. Primero pasamos a dejar a Valentina al gym que estaba dentro del mismo fraccionamiento donde vivíamos. Después de dejarla, a unos cuantos metros detuve el auto, y yo con varias copas demás, le empecé a decir a Valeria que tenía ganas de ella. Ella me respondió que se había peleado con su novio y que por esa razón no me dijo nada más cuando le di la nalgada en mi casa. Entones me acerqué a ella y la empecé a besar, empezamos a cruzar nuestros labios y lenguas. Comencé a subir mi mano por sus piernas, y de ahí subiéndola por sus chichis. Le toqué por todas partes, metí mi mano bajo su blusa y sentí sus pezones que salían de su sostén. Moví mi mano hacia abajo y estuve tocando su vagina sobre su pantalón, ella comenzaba a gemir de placer, era un sonido muy excitante. -Pasémonos a los asientos de atrás, quiero cogerte. Le dije, muy excitado y prendido. -No, llévame a mi casa. Debo cambiarme de ropa porque se me hace tarde para ir a la escuela. Me dijo. Yo no podía creer eso, pensé que accedería a coger en los asientos de atrás de mi auto. Cuando llegamos a su casa me dijo… -Espérame en mi sala. Me voy a cambiar la ropa. -No, yo voy contigo. Le dije como jugando para ver qué me contestaba. -No, ahorita bajo. Me respondía mientras iba subiendo las escaleras. -Yo te voy a acompañar, ya dije. Le seguía respondiendo mientras subía las escaleras detrás de ella. Logramos subir a su recámara sin que ella me lo impidiera. Era una habitación pequeña, pero tenía lo que necesitaba, la cama. De repente, Valeria se puso de espaldas hacia mí y se empezó a bajar el pantalón, se lo quitó por completo y se subió su calzón mientras daba un pequeño brinco. Me le acerqué por atrás y le agarré su culo, dándole un agarrón con fuerza. Ella se dio la media vuelta y de nuevo nos empezamos a besar. Los dos ya estábamos muy excitados, y ella inmediatamente se quitó el calzón mientras yo me quitaba la ropa. Se colocó en su cama en 4, yo acomodaba mi verga que ya la tenía bien dura para penetrarla. Era una vista increíble, ver su coño frente a mí después de desearlo tanto tiempo. Al momento de ir metiendo mi pene sentía su vagina bien empapada, bien mojada, haciendo que mi verga entrara hasta el fondo en un solo movimiento. Ella soltó el gemido tan fuerte que hacía que me prendiera mucho más. -Destrózame, destrózame. Me decía mientras gemía. -Te destrozaré muy fuerte zorra. Ella estaba bien empinada, arqueando su espalda como una puta profesional. -Destrózame así, así, así. Seguía gritando mientras la penetraba. Estaba tan excitado que ya sentía ganas de terminar en ella y llenarla de semen. Pero sin previo aviso, ¡llegó su hermano de trabajar! Solo escuchamos su carro y saqué mi verga lo más rápido que pude y bajé las escaleras corriendo para sentarme en la sala. Al mismo tiempo ella se metió al baño para arreglarse y ahora sí ir a la escuela. -Qué onda viejo, no sabía que estabas aquí. Me dijo su hermano de Valeria al entrar a la casa. -Sí, es que estoy esperando a Valeria. Le respondí, mientras me tapaba la verga que la tenía bien dura. En eso baja Valeria y le dice a su hermano que yo la llevaré a la escuela. Nos salimos cuanto antes y nos subimos a mi carro. Cuando ya íbamos en camino a su escuela le dije… -No te voy a llevar a tu escuela. -¿Qué? ¿Cómo? Me preguntó. -Voy a terminar lo que empecé. Le respondí con un tono de lujuria. -No, me van a poner inasistencia y ya no puedo faltar. Me dijo. -Ese no es problema, cállate. Le dije, mientras me seguía de largo, dejando atrás su escuela. Inmediatamente la llevé a un motel y pedí la habitación más sencilla. Solo quería terminar en ella y llenarla de semen. Entrando a la habitación del motel, nos dirigieron a la habitación. Entramos con el carro a un pequeño garaje, inmediatamente se cerró la puerta del garaje y nos bajamos del auto. Al fondo había unas escaleras bien iluminadas con vegetación debajo de ellas. Subimos cuanto antes, nuevamente su culo subía frente a mí. Entramos a la habitación y Valeria rápidamente se quitó la ropa. Traía un calzoncito apretado de color morado. Nuevamente mi pene se empezaba a levantar. Mientras yo también me quitaba la ropa, ella puso música en el estéreo que había en la habitación. Y, sin que ella se diera cuenta, tomé mi teléfono y empecé a tomar fotos de ella estando de espaldas hacia mí, sus nalgas se veían muy ricas, jamás me imaginé que algún día tendría a Valeria sola para mí, en un motel y desnuda. Valeria regresó a la cama, en la cual yo ya estaba acostado esperándola. Sin dudarlo, me la empezó a mamar, empezó a chuparme la verga como si no hubiera comido en años. Se la metía completa al hocico, la frotaba de arriba abajo con su mano mientras le escupía y se la volvía a tragar. Era una zorra salvaje con experiencia. Todo el líquido pre seminal escurría por su mano mientras la agitaba de arriba abajo. Enseguida se recorrió hacia mi boca y me empezó a besar mientras yo introducía mi pene en su vagina ya muy mojada. Al momento de penetrarla, gemía y volteaba hacia arriba, poniendo los ojos en blanco. -¡uy que rico! ¿Hace cuánto tiempo deseaste esto? Me preguntó haciéndose la muy puta y la irr
La hermosa novia de mi vecino. Y cómo la trata.
Sobre ciertas situaciones que suceden en la vida es difícil opinar o tomar posición. Yo les voy a contar lo que pasó y ustedes saquen sus propias conclusiones. Son libres de dejarme su visión en los comentarios. El barrio donde vivo es un barrio típico del buenos aires que se aleja un poco del concurrido centro de la ciudad (no quiero dar mucha presición, entenderán por qué). La zona está más bien compuesta por casas que no superan las dos plantas, algunos edificios de no más de 4 pisos y muchas propiedades que se ubican entrando por un pasillo, más o menos largo, que alberga 3, 4 o, a veces, más departamentos consecutivos. En un departamento de estas características (el segundo entrando desde la calle) vivo, cómodamente, hace varios años, con mi hermosa mujer y mis hijos. Uno pequeño y dos en edad escolar. Digo 'mi hermosa mujer' porque así lo siento, a pesar de los años que llevamos juntos. Mujer fuerte, directa. Maneja su vida y sus cosas con determinación. Nunca duda. Siempre tiene una respuesta precisa para cada cosa. Jamás se equivoca. Es realmente admirable. Los años no hicieron más que mejorarla. Su atractivo está intacto. Al día de hoy, su elegante andar representa para los más burdos caminantes, la oportunidad de regodearse, tanto al verla venir como al verla irse. Y, a pesar de los tiempos de cambio que vivimos, siempre se topa con algún improvisado poeta callejero que define con palabras más o menos soeces lo que el físico de mi mujer despierta en él. Disculpen ustedes si no la describo con mayor detalles. Considero a mi esposa como algo sagrado, no de mi pertenencia, pero sí de mi privacidad. Además no es sobre ella la historia. Debo aclarar tambien, si es que aún no lo notaron, que soy una persona formada en valores que hoy en día muchos tachan de antiguos o anticuados. Padre de familia, marido ejemplar, amigo incondicional, miembro honorable de la cooperadora de la escuela y de la dirigencia del club al que concurren mis hijos, etc. Son las actividades, y mi desempeño en ellas, lo que mejor me definen. Además, por creencia, fe y gusto personal, asisto a la iglesia todos los domingos y días festivos. No solo como oyente, sino que eventualmente me ofrezco para dar una mano en lo que se precise. Con el tiempo, aunque no hice carrera religiosa, me volví un referente, un pilar de la congregación. Muchos me ven como una persona cuyo consejo es válido y alentador en situaciones complicadas de su vida. Hasta acá hablé de mí. Ahora les comienzo a contar lo que sucedió. Como les dije, yo vivo en el segundo departamento del pasillo. En el tercero vive una señora grande, sola, que muy de vez en cuando recibe alguna visita familiar. El cuarto departamento, el último al fondo, se encuentran vacío hace mucho tiempo. Y adelante, en el primer departamento vive Hernán. Bueno, no solamente Hernán. Vive también su mujer. O su novia, no sé bien cómo llamarla. Rocío es su nombre. No hace mucho que están juntos (pocos meses, diría) aunque ya conviven y son padres de una criatura de unos seis meses o poco más. Tal vez ese es el verdadero motivo de la convivencia tan apresurada. Conozco a Hernán hace muchos años. Desde que me mudé a esta casa. Era el hijo de Zulma, la propietaria del departamento. Cuando lo conocí estaba casado pero, sorprendentemente para su corta edad, en proceso de separación. Por eso, al tiempo, se mudó adelante, con su madre, hasta que ella falleció (cosas de la vida) y él terminó siendo dueño de su propio espacio, donde poder disfrutar a pleno de su recuperada soltería. Ví desfilar muchas chicas por ese departamento. Muchas y muy bien formadas. Realmente, Hernán, se había convertido en la envidia de todo aquel al que le gusta pasar su vida explorando las delicias de la compañía femenina, sin compromiso. Gastando vanamente sus días en poseer los cuerpos de aquellas mujeres de las más variadas y extravagantes formas. Devorando esos cuerpos, jóvenes y bellos, hasta el hartazgo y luego descartandolos para saciar su sed en otro cuerpo de igual o mayor voluptuosidad, o tal vez en busca de pieles menos experimentadas, o vaya uno a saber qué. Muchas pasaron por ese departamento. Con algunas me tocó cruzarme en el pasillo alguna mañana al salir a trabajar. He visto sus caras y sus cuerpos y tengo que admitir que he sentido, en la mayoría de los casos, pena. Pena, de ver a estas chicas de tan hermosa figura y porte, derrochando el momento más valioso de su juventud. Entregadas, pareciera que con gusto, al destrato que mi vecino les proporcionaba. Pena, de ver en sus caras trasnochadas, luego de una noche plena de lujuria, la desazón de no tener un rumbo... Muchas noches hemos escuchado con mi mujer, a través de las paredes, gritos y gemidos de los más variados, que desde la casa de adelante llegaban, más o menos fuerte, hasta nuestros oídos. Esa, era una situación que a veces nos causaba gracia, a veces indignación y a veces (por qué no admitirlo, después de todo vivimos nuestra felicidad de pareja de la manera que corresponde) estímulo. Quiero decir, nos levantaba el candor necesario para disfrutar de nuestros cuerpos, con pasión. Pero siempre con respeto y responsabilidad, con afecto y contención mutua. Por supuesto, muy distinto , por lo que se escuchaba, a la manera en que, del otro lado de la pared, se desarrollaban las cosas. Siempre certera, mi mujer, me comentaba al respecto, la tristeza que le generaba el sinsentido con el cuál el vecino llevaba su vida, la reprochable liberalidad de sus 'amiguitas' (la mayoría no duraba mucho tiempo y eran, en general, personas desagradables, desfachatadas). "Que bien le vendría a Hernán encontrar alguien con quién sentar cabeza...". Opiniones como éstas, llenas de sabiduría, eran comunes en mi mujer. No solo al respecto del vecino: al respecto de todo. Todo el día. Siempre admiré su elocuencia y su capacidad de expresar, a cada situación que se le presentara, su parecer tan lleno de bondad y precisión. Claro que no todas las mujeres que pasaron por el departamento de mi vecino generaban rechazo o antipatía. Por ejemplo, con Rocío, la actual pareja, la cosa fue distinta desde el principio. Ella era distinta. No me refiero solamente a su condición física, que, como la mayoría de las 'amigas' de Hernán, genera una inmediata admiración visual. La belleza de ella no se limita únicamente a sus más que evidentes grandes y armoniosas curvas, sino también a su carácter, a su simpatía. Rubia de cabellos largos y lacio, ojos cristalinos, sonrisa amplia y sincera. Aparentaba ser casi una niña, aún. Transmitía inocencia y paz. Siempre recuerdo la primera vez que me la crucé. "Buen día, señor", me dijo. Yo me reí y le dije algo así como que me había agregado varios años gratuitamente. Entonces ví relucir sus blancos dientes enmarcados en esa boca rosa, brillante de rimel, y formar la sonrisa más hermosa que jamás haya visto. Recuerdo el impacto de la sorpresa y el magnetismo que me causó ver su mirada de grandes y claros ojos verdes. Recuerdo cómo los entrecerró un instante, al sonreír, y la desesperación que me golpeó el pecho por querer verlos abiertos nuevamente, mirándome. No fue mucho más que eso nuestro encuentro pero al pensar en ella la recuerdo así, ataviada en ese vestido de tono intenso que se ajustaba a presión sobre el contorno de sus caderas, moldeando su cintura y apretando y realzando sus pechos, a la vez que, a la altura de sus muslos, la tela, más suelta, se liberaba al vaivén del viento, desnudando sus torneadas piernas, casi hasta su ropa interior. Esa imagen ocupo gran parte de mi mente ese día y los días siguientes. Varias veces tuve el agrado de cruzármela en ese entonces. Y digo agrado porque, realmente, Rocío, es una persona dulce y afectiva. Bastante centrada y pura en su forma de pensar, lo que me generaba cierta extrañeza, al intentar imaginar cómo había llegado a estar en pareja con el irresponsable de mi vecino. En fin, Dios a veces se mueve de formas misteriosas. En una de esas charlas que tuvimos la noté interesada en varias de las actividades que me tocan ejercer y tuvimos un intercambio de redes sociales. Por eso, puedo asegurarles que Rocío no es como otras mujeres que rondaron a mi vecino. En las fotos que publica en sus redes está la prueba. Sí, hay fotos de ella en mallas diminutas, de esas dónde muy poca piel queda cubierta, pero siempre se dan en alguna situación de veraneo. No como las otras que no dudan subir imagenes en ropa interior para que cualquiera las pueda ver. Tampoco tiene esas selfies sacando la lengua o tocandose con un dedo la boca o los dientes que tantas otras amiguitas de Hernán usan de imagen de perfil. Ella no. En su imagen de perfil brillan sus diafanos ojos y destaca su prístina sonrisa. Aunque use vestidos osados, es recatada. Se nota. Lo que no impide ver su belleza. Al contrario, la engrandece. La hace más linda aún. Hay un tiempo para todo. Eso lo aprendí de chico y lo comprobé con el paso de los años. La obsesión con Rocío (aquella preciosa y pequeña muchacha que estaba en pareja con mi vecino Hernán. Aquella que, a pesar de la notoria diferencia de edad que nos distanciaba, se apoderó, absurdamente, de mis pensamientos), la detecté a tiempo, y deduje que era algo que no podía durar. No para mí. Para una persona de mi posición. Con los pies fijos en la tierra y la vista, firme, en el cielo. Mi mujer, mis hijos, mis actividades y compromisos con la sociedad, son la prioridad. Pasados varios meses me enteré de su embarazo y de su mudanza al departamento de adelante. La sensación fue ambigua. Por un lado me alegraba de tenerla cerca (la considero una persona valiosa, con potencial), además que esta situación significaba una nueva vida para Hernán, una oportunidad donde podría, finalmente, madurar a la altura de una persona acorde con su edad. Por otro lado sentí cierta inexplicable desazón . Quizá era el intuir que las cosas podrían no salir tan perfectas como era mi sincero deseo para ambos... En fin, el tiempo fue pasando y la pareja se veía bien. Ella, hermosa como siempre, llevaba su panza, cada vez más grande, con soltura y gracia. Era una delicia poder admirar esa joven piel, brillante y sedosa, aumentar de volumen, albergando el milagro de la vida en su interior. Las situaciones empezaron poco después. Cuando el bebé ya había nacido. Primero fueron leves desacuerdos, en donde uno u otro, muy de vez en cuando, levantaba la voz. Todo parecía denotar que algo no andaba bien ahí. Los excitantes gritos que solíamos escuchar a través de esas paredes fueron suplantados por fuertes discusiones, a veces cargadas de insultos, que no siempre dejaban en claro quién tenía razón. El ritmo y el volumen de aquellos planteos crecían a la par del bebé. A veces, tras un par de días de paz, volvían a la carga con más ímpetu. Esta situación nos tenía mal a mi mujer y a mí. Pero ¿que se puede hacer en situaciones así? Si bien eran nuestros vecinos, no eran nuestros amigos. Tampoco podíamos ir, de repente, a decirles que estábamos al tanto de todo lo que se decían entre ellos porque era, un poco, invadir su privacidad. No nos quedaba otra opción más que rezar y desear que la situación se remediara de la mejor manera posible. Pero eso, a mí, no me dejaba dormir tranquilo. Tarde en la madrugada escuchaba los reproches que mi vecino le hacía a su pareja casi a diario. Recuerdo esa oportunidad donde el enojo era porque, aparentemente, ella no uso corpiño por debajo de la ropa esa tarde, y él, que había recibido unos amigos de visita, la acusaba de haber andado demasiado libremente por la casa, dejando entrever sus pezones, que se transparentaban por debajo de la ropa puesta, a la vista de cualquiera. La trataba de fácil, de calientapijas, de querer levantarse a sus amigos. Ella lloraba y se defendía "¿Que querés que haga? Si estoy amamantando..." No podría tomar posición en esa discusión. Realmente, imaginar esos pechos, grandes de por sí, aum
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